martes, 17 de octubre de 2017

LUEGO DE CASI NUEVE SIGLOS, CIERRA EL MONASTERIO CISTERCIENSE ALEMÁN DE HIMMEROD

Traducción de la noticia publicada en DEUTSCHE WELLE
 
Luego de 883 años, está agendado el cierre de un monasterio cisterciense al occidente de Alemania por un bajo número de monjes. Los costes financieros y el exiguo número de monjes condujeron a la decisión.

Abadía de Santa María de Himmerod (Großlittgen, Renania-Palatinado, Alemania)
 
Luego de casi 900 años de su fundación por el abad San Bernardo de Claraval en el año 1134, la abadía cisterciense de Himmerod cerrará pronto sus puertas.
 
La decisión fue tomada por la Congregación de Mehrerau, una asociación mundial de monasterios cistercienses que tiene su sede cerca a Salzburgo, Austria. La abadía está subordinada directamente a la Santa Sede y no es parte de la Archidiócesis de Salzburgo.
 
Altos costes, números en picado
La abadía de Himmerod por poco evitaba la bancarrota hace seis años, pero los altos costes de mantenimiento y el decreciente número de religiosos han hecho imposible mantener abierto el lugar. El abad Johannes G. Müller, que dirige el monasterio, dijo que la carga financiera de operar Himmerod, que actualmente solo tiene seis monjes, llevó a la decisión. La abadía pasará a ser posesión de la Diócesis de Trier, que todavía no ha dicho qué planes tiene para el espacio.
    
El abad dijo que los seis monjes actualmente residentes en Himmerod, que se encuentra en la región alemana de Eifel, tendrán la oportunidad de trasladarse al monasterio que ellos escojan. El destino de los otros trabajadores en el sitio, sin embargo, permanece incierto.
  
Dolorosa decisión
El abad dijo que a pesar de la dolorosa decisión de cerrar el sitio, permanece optimista de que no será simplemente clausurado: “Himmerod seguirá siendo un sitio espiritual. Los muros han retenido esta historia. Os digo: No hay manera de destruir este lugar espiritual, que ha atraído a las personas por siglos. Estoy seguro de que la gente continuará viniendo aquí”.
  
También expresó su esperanza de que la librería abacial, la enfermería de planta y la pesquería, que dejan atrás, continuará operando en el futuro.
  
La Orden del Císter (O. Cist.) fue fundada en el año 1098 en reacción a lo que se veía como el abandono de la virtud de la humildad por parte del liderato monástico cluniacense de entonces. Sus fundadores (San Roberto de Molesmes, San Alberico y San Esteban Harding) buscaban una vida más simple, y la arquitectura de las abadías de la orden fue renombrada por su elegancia simple. La orden se expandió grandemente bajo San Bernardo de Claraval, difundiéndose a lo largo de Europa y hasta Escandinavia y las Islas Británicas. Esa expansión continuó, a pesar de que la Reforma Protestante marcó un agudo declinar y las revoluciones del siglo XVIII casi hacen que la orden desaparezca por completo.

COMENTARIO DE JORGE RONDÓN SANTOS: El cierre de la abadía de Himmerod es un signo más de la crisis vocacional (tanto regular como diocesana) en estos tiempos posconciliares. Y es algo comprensible que esto pase, toda vez que el Vaticano II destruyó de un plumazo la espiritualidad tradicional que tanto destacó en las órdenes religiosas (la Cartuja ha sobrevivido por su aislamiento, aunque de su antigua liturgia casi nada queda). Aparte, los crecientes escándalos de corrupción (moral y económica) que salen en los medios hacen persuadir a muchos hombres y mujeres a no entregar sus vidas ni comprometerse con una institución tan mundanizada y moribunda como es la iglesia conciliar.
  
En cuanto a la disposición que tendrá el edificio la futura ex-abadía de Himmerod, baste decir parafraseando a San Atanasio el Grande Hagan lo que quieran los prelados conciliares, ya que sin la Fe Católica (que no tienen), los templos no tienen razón de ser.

lunes, 16 de octubre de 2017

LA VIRGEN MARÍA APLASTÓ A LA DIOSA VENUS

Tomamos este artículo de ADELANTE LA FE, relativamente reciente, con motivo de que hoy, además de San Gerardo María de Mayela, se conmemora la Pureza de Santa María.

Estatua de la Inmaculada en la Basílica de los 26 Mártires del Japón (Nagasaki, Japón)
  
En el mundo antiguo grecorromano el culto a la diosa Afrodita o Venus estaba muy extendido. Sus estatuas desnudas o indecentes estaban muy presentes en muchas ciudades en la vía pública, singularmente en la propia Roma. Su imagen se veneraba en numerosos templos.
 
El culto a Venus era, en realidad, el culto a la propia impureza y a los instintos más bajos en una sociedad donde la condición femenina era muy dura. Un aspecto este, curiosamente olvidado por muchos historiadores modernos. En Roma, como antes en Grecia la forma más corriente de matrimonio era por compra y el repudio legal hacia la propia esposa por los motivos más nimios era una práctica habitual.
  
En el triste mundo occidental actual neopagano de principios del siglo XXI se nos explica una versión idealizada de la Antigüedad poniendo el acento precisamente en la libertad de costumbres sin barreras morales antes de la llegada de la “opresora” Iglesia y presentándolo como un interesante antecedente para nuestro mundo actual “postcristiano” y absolutamente relativista, donde presuntamente hemos alcanzado una gran “libertad”.
  
Se quiere pasar por alto deliberadamente el inmenso progreso moral y ético que supuso la llegada del Cristianismo para la sociedad y singularmente para la mujer. El Cristianismo instaura la idea del matrimonio por amor donde la mujer deja de ser poco más que una especie de esclava para convertirse en el pilar de la familia con la misma dignidad que el hombre. Se seguía el ejemplo de Nuestro Señor que siempre fue muy amable con las mujeres como se lee en los Evangelios.
  
La inmensa figura de la Santísima Virgen María se convirtió en ejemplo y modelo de virtudes. La mujer que por su amor hacia Dios, su abnegación y humildad fue coronada como Reina de Cielos y Tierra, Madre de Dios y madre nuestra. Mujeres virtuosas siguieron su ejemplo y fueron decisivas en la conversión de grandes santos como San Agustín entre otros. Grandes damas cristianas como Tabita, Domitila o Fabiola se hicieron famosas por sus obras de caridad con los pobres y necesitados.
  
María representaba además como es lógico un excelso ejemplo de castidad, pureza y limpieza de corazón que cautivó a la Humanidad. No solo a algunos espíritus selectos sino a las masas. Desde entonces durante muchos siglos fue modelo singular de pintores, escultores, artistas y poetas y se le dedicaron miles de templos e iglesias. Su excelso ejemplo conmovió a los seres humanos.
  
Las repulsivas diosas de la corrupción y el vicio fueron destronadas, arrojadas de sus templos y lanzadas al vertedero. Al cristianizarse el Imperio Romano sus templos fueron convertidos en iglesias y las imágenes de la Virgen María sustituyeron a las indignas diosas caídas como recordaba el erudito Joaquín Pérez Sanjulián hace un siglo.
  
Tengámoslo muy presente en esta época en que el renacido culto a Venus simbolizado hoy en día en la indecente publicidad, moda cine o música han extendido una triste capa de impureza en todas partes. La Santísima Virgen volverá a aplastar a Venus y al demonio tal y como está escrito. Ella es nuestro amparo y defensa.
  
Rafael María Molina.
Historiador.

sábado, 14 de octubre de 2017

NUEVO ESCÁNDALO EN EL MACIELISMO: RECTOR DE SEMINARIO ADMITE TENER DOS HIJOS

Noticia publicada por Andrés Beltramo Álvarez en VATICAN INSIDER-LA STAMPA. Huelga reiterar que desde el punto de vista Católico, las órdenes realizadas con el rito montini-bugniniano son inválidas y nulas.
  
RECTOR DE LOS LEGIONARIOS DEJA EL SACERDOCIO TRAS CONFESAR TENER DOS HIJOS
  
Los Legionarios de Cristo están de nuevo en el ojo del huracán. Una vez más por la crisis de uno de sus miembros de conducción. Óscar Turrión, hasta hace pocas semanas rector del seminario “María Mater Ecclésiæ” de Roma, acaba de anunciar que deja el puesto y el sacerdocio tras confesar que es padre de dos hijos. La congregación expresó “profunda tristeza”, pero no es el primer caso. El antecedente de Thomas Williams y una inquietante similitud: cada uno de estos sacerdotes tuvo una “doble vida” por años.
  
Óscar Turrión
  
“Nunca pensé que tendría que ponerme a escribir palabras semejantes a éstas, pero a la vez, siempre he vivido con la certeza de que la verdad debía guiar mi vida a cualquier costo”. Con esas palabras inició Turrión (49 años, de Salamanca), una carta de despedida que salió a la luz este fin de semana. En ella, reveló haberse enamorado de una mujer conocida “en un país” hace mucho tiempo. Sostuvo que “ciertos hechos” de su congregación y de la Iglesia lo “desilusionaron” llevándolo a buscar “lo que más convenía” para su vida.
  
“Fue en ese período cuando entré en contacto de nuevo con esta mujer y poco a poco me fui enamorando. De esa relación nació primero un hijo y hace unos meses una hija”, explicó. Al mismo tiempo aclaró no haber usado dinero del seminario que dirigía para mantener a sus hijos, sino que “desde hace tres años apartaba los donativos que amigos míos me daban para mi uso personal”.
  
En 2014, cuando los Legionarios lo tomaron en cuenta para dirigir el seminario, revisaron su historial y lo convocaron para un coloquio. En esa ocasión él decidió callar su situación declarándose idóneo para el cargo y agradeciendo la confianza depositada en él. A partir de entonces, probablemente desde antes, él condujo una “doble vida” de formador de sacerdotes y de padre en las sombras.
 
Finalmente decidió confesar la noticia a sus superiores el pasado 27 de marzo, cuando ya se acercaba el fin de su primer trienio como rector. Pero sólo dijo que “acababa de tener una hija”. La noticia cayó como un balde de agua fría, una nueva crisis en ciernes. Fue entonces que la cúpula de la Legión solicitó al Vaticano el nombramiento de un sustituto, que inició su mandato en el mes de agosto.
   
En ese momento Turrión pidió permiso para vivir fuera de la comunidad, “reflexionar y orar”. Apenas el 5 de octubre último se conoció parte del resto de la historia: él ya era padre de otro hijo con la misma mujer, concebido “hace unos años”. Ahí “manifestó su intención de abandonar el ministerio sacerdotal y de solicitar la dispensa de las obligaciones contraídas con su ordenación”.
   
“Escribo estas líneas para poner la responsabilidad sólo en mí y en mis actos. No hago responsable a nadie más que a mí, quiero dejar claridad con este escrito, sincerarme y pedir perdón por el escándalo y oraciones. Nunca me he sentido más que nadie, y por eso ahora con mucha tranquilidad y humildad puedo sopesar mis actos y pedir perdón a Dios y a vosotros”, escribió el sacerdote, en su carta de despedida.
    
“Mi corazón se gira hacia los miles de personas que, a lo largo de mis años, he conocido, guiado y acompañado en sus virtudes y en sus caídas. Les pido perdón por hacerlas ahora a ellas conocedoras de mis miserias y caídas. Siempre me han abierto sus corazones y ahora me corresponde abrirles yo el mío: pido perdón por el mal ejemplo y el anti-testimonio que les he dado”, añadió.
  
Por su parte, la oficina de prensa de los Legionarios de Cristo emitió una prudente declaración en la cual se limitó a presentar una cronología de hechos y a declararse consciente “del impacto que el ejemplo negativo de un formador y rector tiene entre ellos y los demás fieles de la Iglesia”.
   
“Nos produce profunda tristeza que la historia reciente de nuestra congregación haya sido causa de enfriamiento espiritual para algunos. Estamos firmemente comprometidos en acompañar a nuestros hermanos en los momentos difíciles. Asimismo, reiteramos nuestro compromiso en el camino de renovación que seguimos recorriendo de la mano de la Iglesia”, apuntó la nota.
   
Así, tras un tiempo de aparente calma, la Legión de Cristo volvió a ser sacudida por una crisis que recuerda los años del escándalo vinculado a su fundador, Marcial Maciel Degollado. Culpable de abusos sexuales contra menores, de haber concebido varios hijos con mujeres además de consumo de drogas, manipulación y manejos discutibles, el clérigo mexicano terminó sus días entre el descrédito público, una sanción vaticana que nunca cumplió y la cercanía de sus más fieles colaboradores.
    
A su caso se sumaron otras crisis. Una de alto impacto fue protagonizada por Thomas Williams, uno de los más destacados legionarios de Cristo, de gran fama en Estados Unidos por su constante presencia en la televisión como columnista. En octubre de 2012, él anunció que dejaba el sacerdocio para cuidar del hijo, que procreó mucho tiempo antes, y de la madre, conocida crítica de arte en los ambientes romanos e hija de una ex embajadora estadounidense ante la Santa Sede.
    
Entonces generó enorme desconcierto la admisión, por parte de los superiores legionarios de la época, de que sabían la noticia desde muchos años antes. Aunque conocían los detalles, permitieron que el sacerdote continuase con sus múltiples responsabilidades e incluso que impartiese sus muy famosos cursos sobre teología moral, pese a su “doble vida”. Hoy por hoy, Williams es el referente en Roma del sitio web “Breitbart”, propiedad del ex consejero estratégico de Donald Trump, Stephen Bannon.

viernes, 13 de octubre de 2017

QUEJA SOBRE EL MAL GOBIERNO

“EXCLAMAÇIÓN E QUERELLA DE LA GOBERNAÇIÓN” - “SÁTIRA SOBRE EL MAL GOBIERNO DE TOLEDO”
 
Quando Roma prosperava,
Quinto Fabio la regía
e Çipión guerreava
Tito Libio descrivía:
“Las donzellas e matronas
por la onra de su tierra
desguarnían sus personas
para sostener la guerra”.
 
En un pueblo donde moro
al nezio facen alcalde;
hierro preçian más que oro,
la plata danla de balde,
la paja guardan los tochos
e dexan perder los panes,
caçan con los aguilochos
cómense los gavilanes.
 
Queman los nuevos olivos,
guardan los espinos tuertos;
condenan a munchos bivos
quieren salvar a los muertos.
Los mejores valen menos:
¡mirad qué governaçión,
ser governados los buenos
por los que tales no son!
  
La fruta por el sabor
se conoçe su natío,
e por el governador
el governado navío.
Los cuerdos fuir devrían
de do locos mandan más,
que quando los çiegos guían,
¡guay de los que van detrás!
  
Que villa sin regidores
su triunfo será breve,
la casa sin moradores
muy prestamente se llueve.
De puercos que van sin canes
pocos matan las armadas,
las huestes sin capitanes
nunca son bien governadas
 
Los çapatos sin las suelas,
mal conservarán los pies;
sin las cuerdas las viyuelas
fazen el son que sabés.
El que da oro sin peso
más pierde de la fechura,
quien se guía por su seso,
no va lueñe de locura
 
En arroyo sin pescado,
yerro es pescar con çesta,
e por monte traqueado
trabajar con la ballesta.
Do no punen malefiçios
es gran locura bevir,
e do no son los serviçios
remunerados, servir.
 
Quanto más alto es el muro,
más fondo çimiento quiere;
de caer está seguro
aquel que nunca subiere.
Donde sobra la codiçia
todos los bienes falleçen;
en el pueblo sin justiçia
los que son justos padeçen.
 
La iglesia sin letrados
es palaçio sin paredes;
no toman grandes pescados
con las muy sotiles redes.
Los mançebos sin los viejos
es peligroso metal;
grandes fechos sin consejos
sienpre salieron a mal.
 
En el cavallo sin freno
va su dueño temeroso;
sin el governalle bueno
el barco va peligroso.
Sin secutores las leyes
maldita la pro que traen,
los reinos sin buenos reyes
sin adversarios se caen.
 
La mesa sin los manjares
no farta los conbidados;
sin vezinos los lugares
presto serán asolados.
La nao sin el patrón
no puede ser bien guiada;
do rigen por afiçión
es peligrosa morada.

Las ovejas sin pastor
destruyen las heredades;
religiosos sin mayor
grandes cometen maldades.
Las viñas sin viñaderos
lógranlas los caminantes;
las cortes sin cavalleros
son como manos sin guantes.
  
El golpe fará liviano
la mano sin el espada;
el espada sin la mano
no dará gran cuchillada.
Las gentes sin los caudillos
muy flacamente guerrean;
los capitanes senzillos
por sendos onbres pelean.
 
Es peligro navegar
en galea sin los remos,
mas mayor es conversar
con quien sigue los estremos.
Pues si la conversaçión
es con los tales dañosa,
por çierto la sojuçión
muncho será peligrosa.
  
Onbres d’armas sin ginetes
perezosa fazen guerra;
las carracas sin barquetes
mal se sirven de la tierra.
Los menudos sin mayores
son corredores sin salas;
los grandes sin los menores
como falcones sin alas.
 
Que bien como dan las flores
perfeçión a los frutales,
así los grandes señores
a los palaçios reales;
e los prinçipes derechos
luzen sobr’ellos sin falla,
bien como los ricos techos
sobre fermosa muralla.
 
Al tema quiero tornar
de la çibdad que nombré,
cuyo duró prosperar
cuanto bien regida fue,
pero después que reinaron
cobdiçias particulares,
sus grandezas se tornaron
en despoblados solares.
 
Todos los sabios dixeron
que las cosas mal regidas
quanto más alto subieron
mayores dieron caídas.
Por esta causa reçelo
que mi pueblo con sus calles
avrá de venir al suelo
por falta de governalles.
 
Diego Gómez Manrique

jueves, 12 de octubre de 2017

ESPAÑA, TIERRA DE SANTA MARÍA

Cartel conmemorativo del 250º aniversario de la proclamación de la Inmaculada Concepción como Patrona de España (José Luis Delgado Blanco, 2012).
 
Venerables Hermanos y amados hijos que, clausurando vuestro Congreso Mariano Nacional, consagráis vosotros mismos y vuestra patria toda al Inmaculado Corazón de María:
 
¿Quién Nos pudiera dar en estos momentos que, así como con Nuestra voz conseguimos hacernos presentes en medio de vosotros, lo pudiéramos hacer igualmente con Nuestros ojos y Nuestros oídos, para escuchar el voltear de las campanas de toda España, las salvas de honor, los vítores y las aclamaciones, los suspiros y las plegarias que suben a lo alto; para ver a todo un pueblo agolpándose ante los altares de su Madre y Señora y ofreciéndole su corazón y su vida? «Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis y los oídos que oyen lo que vosotros oís» (cf. Mt 13, 16).
  
Porque España ha sido siempre, por antonomasia, la «tierra de María Santísima» y no hay un momento de su historia, ni un palmo de su suelo, que no estén señalados con su nombre dulcísimo. La histórica catedral, el sencillo templo o la humilde ermita a Ella están dedicadas; y si quisiéramos solamente evocar, según se Nos vienen a las mientes, algunas de las advocaciones principales, que como piedras preciosas en manto riquísimo son ornamento del territorio español: Covadonga, Begoña y Montserrat; la Peña de Francia, la Fuencisla y Monsalud; la Almudena, el Sagrario y los Desamparados; Guadalupe, los Reyes y las Angustias, Nos parecería o que estábamos recorriendo la topografía nacional o que íbamos fijando los hitos principales de la historia de España. Eran pinceles españoles los de Juan de Juanes, Zurbarán, el Greco y Murillo; y por eso rivalizaron en representarla a cual más hermosa.
  
Gubias y cinceles españoles fueron los de Gregorio Hernández, Alonso Cano, Martínez Montañés y Saltillo y por serlo no pudieron menos de estar dedicados de modo especial al servicio de su Madre amantísima. Y si es un Rey Santo el que cabalga para conquistar Sevilla, irá con Nuestra Señora en el arzón; y si son proas castellanas las que, precisamente tal día como hoy, violan el secreto de las tierras americanas, sobre una de ellas irá escrito necesariamente el nombre de «Santa María», ese nombre que luego el misionero y el conquistador irán dejando en la cima inaccesible, en el centro de la llanura sin fin o en el corazón de la selva impenetrable, para que sea también allí fuente de gracia y de bendición.
   
Pero entre tantas advocaciones, Venerables Hermanos y amados hijos, acaso ninguna para vosotros tan entrañable, ni tan enraizada en vuestra carne misma, como esa Virgen Santísima del Pilar, que en estos instantes tenéis ante los ojos.
  
Y tu —oh Zaragoza— no serás ya insigne por tu privilegiada posición, por tu cielo purísimo o por tu rica vega, «loci amœnitáte, delíciis præstántior civitátibus Hispániæ cunctis», como la llama el gran Isidoro de Sevilla; no lo serás por tus magníficos edificios, donde galanamente se salta sin desentonar de los primores mozárabes a las elegancias platerescas; no lo serás por haber oído el paso cadencioso de las legiones romanas o por el aliento indomable que te sostuvo «siempre heroica» en los heroicos sitios; lo serás por tu tradición cristiana, por tus Obispos, Félix, en pluma de San Cipriano «Fídei cultor ac defénsor veritátis»[1], San Valero y San Braulio; por Santa Engracia y los Mártires innumerables, a los cuales podemos añadir el santo niño, embellecido también con la púrpura de su sangre, Dominguito del Val; lo serás, sobre todo, por esa columna contra la cual, rodando los siglos, como contra la roca inconmovible que, en el acantilado, desafía y doma las iras del mar, se romperán las oleadas de las herejías en el período gótico, las nuevas persecuciones de la dominación arábiga y la impiedad de los tiempos nuevos, resultando así cimiento inquebrantable, inexpugnable valladar e insuperable ornamento, no sólo de una nación grande, sino también de toda una dilatada y gloriosa estirpe! «Yo he elegido y santificado esta casa —parece decir Ella desde su pilar— para que en ella sea invocando mi nombre y para morar en ella por siempre» (cf. 2 Paral. 7, 16); y toda la Hispanidad, representada ante la Capilla. angélica por sus airosas banderas, parece que le responde: «Y nosotros te prometemos quedar de guardia aquí, para velar por tu honra, para serte siempre fieles y para incondicionalmente servirte».
  
Pero hoy vosotros, Venerables Hermanos y amados hijos, si habéis venido aquí, si os habéis reunido en todos los centros marianos de la nación, ha sido con una intención precisa: evocando aquella jornada inolvidable en el Cerro de los Ángeles, de 1919, donde España se consagró al Corazón Sacratísimo de Jesús, os habéis hoy querido consagrar al de María, en la confianza de que, en esta hora ardua de la humanidad, Dios querrá salvar al mundo por medio de aquel Corazón Inmaculado.
 
¡Bien merece sin duda ninguna, hijos amadísimos, esta manifestación de vuestra piedad al Corazón Purísimo de la Virgen, sede de aquel amor, de aquel dolor, de aquellos altísimos afectos, que tanta parte fueron en la redención nuestra, principalmente cuando Ella «stabat juxta Crucem», velaba en pie junto a la Cruz (cf. Jn. 19, 25); bien lo merece aquel Corazón, símbolo de toda una vida interior, cuya perfección moral, cuyos méritos y virtudes escaparían a toda humana ponderación! Y bien justo es también que lo hagáis vosotros, si no fuera por otra razón, por ser la patria de San Antonio María Claret, apóstol infatigable de esta devoción, que Nos mismo hemos elevado al honor máximo de los altares.
  
Pero Nos creemos que hoy más que nunca, precisamente porque las nubes cargan sobre el horizonte, precisamente porque en algunos momentos se diría que las tinieblas van borrando aún más los caminos, precisamente porque la audacia de los ministros del averno parece que aumentan más y más; precisamente por eso, creemos que la humanidad entera debe correr a este puerto de salvación, que Nos le hemos indicado como finalidad principal de este Año Mariano, debe refugiarse en esta fortaleza, debe confiar en este Corazón dulcísimo que, para salvarnos, pide solamente oración y penitencia, pide solamente correspondencia.
  
¡Prometédsela vosotros, hijos amadísimos de toda España; prometedle vivir una vida de piedad cada día más intensa, más profunda, y más sincera; prometedle velar por la pureza de las costumbres, que fueron siempre honor de vuestra gente; prometedle no abrir jamás vuestras puertas a ideas y a principios, que por triste experiencia bien sabéis dónde conducen; prometedle no permitir que se resquebraje la solidez de vuestro alcázar familiar, puntal fundamental de toda sociedad; prometedle reprimir el deseo de gozos inmoderados, la codicia de los bienes de este mundo, ponzoña capaz de destruir el organismo más robusto y mejor constituido; prometedle amar a vuestros hermanos, a todos vuestros hermanos, pero principalmente al humilde y al menesteroso, tantas veces ofendido por la ostentación del lujo y del placer! Y Ella entonces seguirá siempre siendo vuestra especial protectora.
  
Ante vuestro trono, pues, oh Madre Santísima del Pilar, —diremos parafraseando las palabras por Nos mismo pronunciadas en ocasión solemnísima [2]— Nos, como Padre común de la familia cristiana, como Vicario de Aquel, a quien fue dado todo poder en el cielo y en la tierra, a Vos, a Vuestro Corazón Inmaculado confiamos, entregamos y consagramos no sólo toda esa inmensa multitud ahí presente, sino también toda la nación española, para que vuestro amor y patrocinio acelere la hora del triunfo en todo el mundo del Reino de Dios y todas las generaciones humanas, pacificadas entre sí y con Dios, Os proclamen bienaventurada, entonando con Vos, de un polo al otro de la tierra, el eterno «Magníficat» de gloria, amor y gratitud al Corazón de Jesús, único refugio donde pueden hallarse la Verdad, la Vida y la Paz.
  
Que la bendición del cielo, de la que quiere ser prenda la Bendición Nuestra, descienda sobre todos vosotros: sobre Nuestro dignísimo Cardenal Legado; sobre el Jefe del Estado; sobre todos Nuestros Hermanos en el Episcopado ahí presentes; sobre todas las Autoridades; sobre el clero, religiosos y fieles que están en estos momentos oyéndonos y sobre toda la nación española, a la cual continuamente deseamos toda clase de bienes y de prosperidades.
 
PÍO XII. Discurso en la clausura del Congreso Mariano Nacional de España, 12 de Octubre de 1954. En Acta Apostólicæ Sedis 46 (1954), págs. 680-683.
    
NOTAS
[1] Epístola 67, n. 6; Ópera ómnia (edición de Wilhelm von Hartel), en Corpus Scriptórum Ecclesiasticórum Latinórum, tomo III, parte 2, Viena 1871, pág. 740, 10-11.
[2] Cf. Discursos y radiomensajes de Pío XII, tomo IV, pág. 260.

miércoles, 11 de octubre de 2017

ENCÍCLICA “Ad Cœli Regínam”, SOBRE LA REALEZA DE SANTA MARÍA

«María impera en el cielo sobre los ángeles y bienaventurados. En recompensa a su profunda humildad, Dios le ha dado el poder y la misión de llenar de santos los tronos vacíos, de donde por orgullo cayeron los ángeles apóstatas. Tal es la voluntad del Altísimo, que exalta siempre a los humildes (Lc 1,52): que el cielo, la tierra y los abismos se sometan, de grado o por fuerza, a las órdenes de la humilde María, a quien constituyó soberana del cielo y de la tierra, capitana de sus ejércitos, tesorera de sus riquezas, dispensadora de sus gracias, realizadora de sus portentos, reparadora del género humano, mediadora de los hombres, exterminadora de los enemigos de Dios y fiel compañera de su grandeza y de sus triunfos» (San Luis María de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen María, 28).
 
Que Nuestra Señora es reina, es una verdad reconocida desde los tiempos de la Patrística, si consideramos este comentario de Orígenes Adamancio sobre las palabras de Santa Isabel en la Visitación: «Soy yo quien debería haber ido a ti, puesto que eres bendita por encima de todas las mujeres tú, la madre de mi Señor, tú mi Señora» (cf. Patrología Griega, tomo XIII, columna 1902 D), anticipando a muchos Padres y Doctores de la Iglesia. La liturgia en Oriente y Occidente reconoce el rol mayestático que Santa María ostenta en razón de ser la Madre del Rey de Reyes y Señor de Señores y por su excelsa humildad, y esta Realeza que la coloca a la diestra de su Hijo no tiene otra finalidad que la medianería entre Él y los hombres para obtenerles gracia y misericordia. Con esto en mente, Pío XII presentó la encíclica Ad Cœli Regínam reafirmando esta verdad de fe (María Reina de Cielos y Tierra, y Medianera de las Gracias), e instituyendo el 31 de Mayo como día de su festividad.
 
ENCÍCLICA Ad Cœli Regínam, SOBRE LA REALEZA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA Y LA INSTITUCIÓN DE SU FIESTA
 
PÍO, POR LA DIVINA PROVIDENCIA PAPA XII.
  
A los Venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios locales en páz y comunión con la Sede Apostólica, Salud y Bendición Apostólica.
 
A la Reina del Cielo, ya desde los primeros siglos de la Iglesia católica, elevó el pueblo cristiano suplicantes oraciones e himnos de loa y piedad, así en sus tiempos de felicidad y alegría como en los de angustia y peligros; y nunca falló la esperanza en la Madre del Rey divino, Jesucristo, ni languideció aquella fe que nos enseña cómo la Virgen María, Madre de Dios, reina en todo el mundo con maternal corazón, al igual que está coronada con la gloria de la realeza en la bienaventuranza celestial.
 
Y ahora, después de las grandes ruinas que aun ante Nuestra vista han destruido florecientes ciudades, villas y aldeas; ante el doloroso espectáculo de tales y tantos males morales que amenazadores avanzan en cenagosas oleadas, a la par que vemos resquebrajarse las bases mismas de la justicia y triunfar la corrupción, en este incierto y pavoroso estado de cosas Nos vemos profundamente angustiados, pero recurrimos confiados a nuestra Reina María, poniendo a sus pies, junto con el Nuestro, los sentimientos de devoción de todos los fieles que se glorían del nombre de cristianos.
  
INTRODUCCIÓN
 
2. Place y es útil recordar que Nos mismo, en el primer día de noviembre del Año Santo, 1950, ante una gran multitud de Eminentísimos Cardenales, de venerables Obispos, de Sacerdotes y de cristianos, llegados de las partes todas del mundo, decretamos el dogma de la Asunción de la Beatísima Virgen María al Cielo[1], donde, presente en alma y en cuerpo, reina entre los coros de los Ángeles y de los Santos, a una con su unigénito Hijo. Además, al cumplirse el centenario de la definición dogmática —hecha por Nuestro Predecesor, Pío IX, de ilustre memoria— de la Concepción de la Madre de Dios sin mancha alguna de pecado original, promulgamos[2] el Año Mariano, durante el cual vemos con suma alegría que no sólo en esta alma Ciudad —singularmente en la Basílica Liberiana, donde innumerables muchedumbres acuden a manifestar públicamente su fe y su ardiente amor a la Madre celestial— sino también en toda las partes del mundo vuelve a florecer cada vez más la devoción hacia la Virgen Madre de Dios, mientras los principales Santuarios de María han acogido y acogen todavía imponentes peregrinaciones de fieles devotos.
 
Y todos saben cómo Nos, siempre que se Nos ha ofrecido la posibilidad, esto es, cuando hemos podido dirigir la palabra a Nuestros hijos, que han llegado a visitarnos, y cuando por medio de las ondas radiofónicas hemos dirigido mensajes aun a pueblos alejados, jamás hemos cesado de exhortar a todos aquellos, a quienes hemos podido dirigirnos, a amar a nuestra benignísima y poderosísima Madre con un amor tierno y vivo, cual cumple a los hijos.
  
Recordamos a este propósito particularmente el Radiomensaje que hemos dirigido al pueblo de Portugal, al ser coronada la milagrosa Virgen de Fátima[3], Radiomensaje que Nos mismo hemos llamado de la “Realeza” de María[4].

3. Por todo ello, y como para coronar estos testimonios todos de Nuestra piedad mariana, a los que con tanto entusiasmo ha respondido el pueblo cristiano, para concluir útil y felizmente el Año Mariano que ya está terminando, así como para acceder a las insistentes peticiones que de todas partes Nos han llegado, hemos determinado instituir la fiesta litúrgica de la “Bienaventurada María Virgen Reina”.
  
Cierto que no se trata de una nueva verdad propuesta al pueblo cristiano, porque el fundamento y las razones de la dignidad real de María, abundantemente expresadas en todo tiempo, se encuentran en los antiguos documentos de la Iglesia y en los libros de la sagrada liturgia.
  
Mas queremos recordarlos ahora en la presente Encíclica para renovar las alabanzas de nuestra celestial Madre y para hacer más viva la devoción en las almas, con ventajas espirituales.
 
I. TRADICIÓN
 
4. Con razón ha creído siempre el pueblo cristiano, aun en los siglos pasados, que Aquélla, de la que nació el Hijo del Altísimo, que «reinará eternamente en la casa de Jacob»[5] y [será] «Príncipe de la Paz»[6], «Rey de los reyes y Señor de los señores»[7], por encima de todas las demás criaturas recibió de Dios singularísimos privilegios de gracia. Y considerando luego las íntimas relaciones que unen a la madre con el hijo, reconoció fácilmente en la Madre de Dios una regia preeminencia sobre todos los seres.
  
Por ello se comprende fácilmente cómo ya los antiguos escritores de la Iglesia, fundados en las palabras del arcángel San Gabriel que predijo el reinado eterno del Hijo de María[8], y en las de Isabel que se inclinó reverente ante ella, llamándola «Madre de mi Señor»[9], al denominar a María «Madre del Rey» y «Madre del Señor», querían claramente significar que de la realeza del Hijo se había de derivar a su Madre una singular elevación y preeminencia.
  
5. Por esta razón San Efrén, con férvida inspiración poética, hace hablar así a María: «Manténgame el cielo con su abrazo, porque se me debe más honor que a él; pues el cielo fue tan sólo tu trono, pero no tu madre. ¡Cuánto más no habrá de honrarse y venerarse a la Madre del Rey que a su trono!»[10]. Y en otro lugar ora él así a María: «... virgen augusta y dueña, Reina, Señora, protégeme bajo tus alas, guárdame, para que no se gloríe contra mí Satanás, que siembra ruinas, ni triunfe contra mí el malvado enemigo»[11].
  
San Gregorio Nacianceno llama a María «Madre del Rey de todo el universo», «Madre Virgen, que dio a luz al Rey de todo el mundo»[12]. Prudencio, a su vez, afirma que la Madre se maravilló «de haber engendrado a Dios como hombre sí, pero también como Sumo Rey»[13].
  
Esta dignidad real de María se halla, además, claramente afirmada por quienes la llaman «Señora», «Dominadora» y «Reina».
  
Ya en una homilía atribuida a Orígenes, Isabel saluda a María «Madre de mi Señor», y aun la dice también: «Tú eres mi señora»[14].
  
Lo mismo se deduce de San Jerónimo, cuando expone su pensamiento sobre las varias “interpretaciones” del nombre de “María”: «Sépase que María en la lengua siriaca significa Señora»[15]. E igualmente se expresa, después de él, San Pedro Crisólogo: «El nombre hebreo María se traduce Dómina en latín; por lo tanto, el ángel la saluda Señora para que se vea libre del temor servil la Madre del Dominador, pues éste, como hijo, quiso que ella naciera y fuera llamada Señora»[16].
  
San Epifanio, obispo de Constantinopla, escribe al Sumo Pontífice Hormidas, que se ha de implorar la unidad de la Iglesia «por la gracia de la santa y consubstancial Trinidad y por la intercesión de nuestra santa Señora, gloriosa Virgen y Madre de Dios, María»[17].
  
Un autor del mismo tiempo saluda solemnemente con estas palabras a la Bienaventurada Virgen sentada a la diestra de Dios, para que pida por nosotros: «Señora de los mortales, santísima Madre de Dios»[18].
  
San Andrés de Creta atribuye frecuentemente la dignidad de reina a la Virgen, y así escribe: «(Jesucristo) lleva en este día como Reina del género humano, desde la morada terrenal (a los cielos) a su Madre siempre Virgen, en cuyo seno, aun permaneciendo Dios, tomó la carne humana»[19]. Y en otra parte: «Reina de todos los hombres, porque, fiel de hecho al significado de su nombre, se encuentra por encima de todos, si sólo a Dios se exceptúa»[20].
  
También San Germán se dirige así a la humilde Virgen: «Siéntate, Señora: eres Reina y más eminente que los reyes todos, y así te corresponde sentarte en el puesto más alto»[21]; y la llama «Señora de todos los que en la tierra habitan»[22].
  
San Juan Damasceno la proclama «Reina, Dueña, Señora»[23] y también «Señora de todas las criaturas»[24]; y un antiguo escritor de la Iglesia occidental la llama «Reina feliz», «Reina eterna, junto al Hijo Rey, cuya nívea cabeza está adornada con áurea corona»[25].
 
Finalmente, San Ildefonso de Toledo resume casi todos los títulos de honor en este saludo: «¡Oh Señora mía!, ¡oh Dominadora mía!: tú mandas en mí, Madre de mi Señor..., Señora entre las esclavas, Reina entre las hermanas»[26].
  
6. Los Teólogos de la Iglesia, extrayendo su doctrina de estos y otros muchos testimonios de la antigua tradición, han llamado a la Beatísima Madre Virgen Reina de todas las cosas creadas, Reina del mundo, Señora del universo.
 
7. Los Sumos Pastores de la Iglesia creyeron deber suyo el aprobar y excitar con exhortaciones y alabanzas la devoción del pueblo cristiano hacia la celestial Madre y Reina.
 
Dejando aparte documentos de los Papas recientes, recordaremos que ya en el siglo séptimo Nuestro Predecesor San Martín llamó a María «nuestra Señora gloriosa, siempre Virgen»[27]; San Agatón, en la carta sinodal, enviada a los Padres del Sexto Concilio Ecuménico, la llamó «Señora nuestra, verdadera y propiamente Madre de Dios»[28]; y en el siglo octavo, Gregorio II en una carta enviada al patriarca San Germán, leída entre aclamaciones de los Padres del Séptimo Concilio Ecuménico, proclamaba a María «Señora de todos y verdadera Madre de Dios y Señora de todos los cristianos»[29].
  
Recordaremos igualmente que Nuestro Predecesor, de ilustre memoria, Sixto IV, en la bula Cum præxcélsa[30], al referirse favorablemente a la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen, comienza con estas palabras: «Reina, que siempre vigilante intercede junto al Rey que ha engendrado». E igualmente Benedicto XIV, en la bula Gloriósæ Dóminæ[31] llama a María «Reina del Cielo y de la tierra», afirmando que «el Sumo Rey le ha confiado a ella, en cierto modo, su propio imperio».
  
Por ello San Alfonso de Ligorio, resumiendo toda la tradición de los siglos anteriores, escribió con suma devoción: «Porque la Virgen María fue exaltada a ser la Madre del Rey de los reyes, con justa razón la Iglesia la honra con el título de Reina»[32].
  
II. LITURGIA
 
8. La sagrada Liturgia, fiel espejo de la enseñanza comunicada por los Padres y creída por el pueblo cristiano, ha cantado en el correr de los siglos y canta de continuo, así en Oriente como en Occidente, las glorias de la celestial Reina.
  
9. Férvidos resuenan los acentos en el Oriente: «Oh Madre de Dios, hoy eres trasladada al cielo sobre los carros de los querubines, y los serafines se honran con estar a tus órdenes, mientras los ejércitos de la celestial milicia se postran ante Ti»[33].
 
Y también: «Oh justo, beatísimo [José], por tu real origen has sido escogido entre todos como Esposo de la Reina Inmaculada, que de modo inefable dará a luz al Rey Jesús»[34]. Y además: «Himno cantaré a la Madre Reina, a la cual me vuelvo gozoso, para celebrar con alegría sus glorias... Oh Señora, nuestra lengua no te puede celebrar dignamente, porque Tú, que has dado a la luz a Cristo Rey, has sido exaltada por encima de los serafines. ... Salve, Reina del mundo, salve, María, Señora de todos nosotros»[35].
  
En el Misal Etiópico se lee: «Oh María, centro del mundo entero..., Tú eres más grande que los querubines plurividentes y que los serafines multialados. ... El cielo y la tierra están llenos de la santidad de tu gloria»[36].
 
10. Canta la Iglesia Latina la antigua y dulcisima plegaria “Salve Regínam”, las alegres antífonas “Ave, Regína cœlórum”, “Regína cœli, lætáre; allelúja” y otras recitadas en las varias fiestas de la Bienaventurada Virgen María: «Estuvo a tu diestra como Reina, vestida de brocado de oro»[37]; «La tierra y el cielo te cantan cual Reina poderosa»[38]; «Hoy la Virgen María asciende al cielo; alegraos, porque con Cristo reina para siempre»[39].
 
A tales cantos han de añadirse las Letanías Lauretanas que invitan al pueblo católico diariamente a invocar como Reina a María; y hace ya varios siglos que, en el quinto misterio glorioso del Santo Rosario, los fieles con piadosa meditación contemplan el reino de María que abarca cielo y tierra.
 
11. Finalmente, el arte, al inspirarse en los principios de la fe cristiana, y como fiel intérprete de la espontánea y auténtica devoción del pueblo, ya desde el Concilio de Éfeso, ha acostumbrado a representar a María como Reina y Emperatriz que, sentada en regio trono y adornada con enseñas reales, ceñida la cabeza con corona, y rodeada por los ejércitos de ángeles y de santos, manda no sólo en las fuerzas de la naturaleza, sino también sobre los malvados asaltos de Satanás. La iconografía, también en lo que se refiere a la regia dignidad de María, se ha enriquecido en todo tiempo con obras de valor artístico, llegando hasta representar al Divino Redentor en el acto de ceñir la cabeza de su Madre con fúlgida corona.
 
12. Los Romanos Pontífices, favoreciendo a esta devoción del pueblo cristiano, coronaron frecuentemente con la diadema, ya por sus propias manos, ya por medio de Legados pontificios, las imágenes de la Virgen Madre de Dios, insignes tradicionalmente en la pública devoción.
  
III. RAZONES TEOLÓGICAS
  
13. Como ya hemos señalado más arriba, Venerables Hermanos, el argumento principal, en que se funda la dignidad real de María, evidente ya en los textos de la tradición antigua y en la sagrada Liturgia, es indudablemente su divina maternidad. De hecho, en las Sagradas Escrituras se afirma del Hijo que la Virgen dará a luz: «Será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin»[40]; y, además, María es proclamada «Madre del Señor»[41]. Síguese de ello lógicamente que Ella misma es Reina, pues ha dado vida a un Hijo que, ya en el instante mismo de su concepción, aun como hombre, era Rey y Señor de todas las cosas, por la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo.
  
San Juan Damasceno escribe, por lo tanto, con todo derecho: «Verdaderamente se convirtió en Señora de toda la creación, desde que llegó a ser Madre del Creador»[42]; e igualmente puede afirmarse que fue el mismo arcángel Gabriel el primero que anunció con palabras celestiales la dignidad regia de María.
  
14. Mas la Beatísima Virgen ha de ser proclamada Reina no tan sólo por su divina maternidad, sino también en razón de la parte singular que por voluntad de Dios tuvo en la obra de nuestra eterna salvación.
 
«¿Qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave —como escribía Nuestro Predecesor, de feliz memoria, Pío XI— que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista adquirido a costa de la Redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador; “Fuisteis rescatados, no con oro o plata, ... sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un Cordero inmaculado”[43]. No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo “por precio grande”[44] nos ha comprado»[45].
  
Ahora bien, en el cumplimiento de la obra de la Redención, María Santísima estuvo, en verdad, estrechamente asociada a Cristo; y por ello justamente canta la Sagrada Liturgia: «Dolorida junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo estaba Santa María, Reina del cielo y de la tierra»[46].
  
Y la razón es que, como ya en la Edad Media escribió un piadosísimo discípulo de San Anselmo: «Así como... Dios, al crear todas las cosas con su poder, es Padre y Señor de todo, así María, al reparar con sus méritos las cosas todas, es Madre y Señor de todo: Dios es el Señor de todas las cosas, porque las ha constituido en su propia naturaleza con su mandato, y María es la Señora de todas las cosas, al devolverlas a su original dignidad mediante la gracia que Ella mereció»[47]. La razón es que, «así como Cristo por el título particular de la Redención es nuestro Señor y nuestro Rey, así también la Bienaventurada Virgen [es nuestra Señora y Reina] por su singular concurso prestado a nuestra redención, ya suministrando su sustancia, ya ofreciéndolo voluntariamente por nosotros, ya deseando, pidiendo y procurando para cada uno nuestra salvación»[48].
  
15. Dadas estas premisas, puede argumentarse así: Si María, en la obra de la salvación espiritual, por voluntad de Dios fue asociada a Cristo Jesús, principio de la misma salvación, y ello en manera semejante a la en que Eva fue asociada a Adán, principio de la misma muerte, por lo cual puede afirmarse que nuestra redención se cumplió según una cierta “recapitulación”[49], por la que el género humano, sometido a la muerte por causa de una virgen, se salva también por medio de una virgen; si, además, puede decirse que esta gloriosísima Señora fue escogida para Madre de Cristo precisamente «para estar asociada a El en la redención del género humano»[50] «y si realmente fue Ella, la que, libre de toda mancha personal y original, unida siempre estrechísimamente con su Hijo, lo ofreció como nueva Eva al Eterno Padre en el Gólgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su maternal amor, por todos los hijos de Adán manchados con su deplorable pecado»[51]; se podrá de todo ello legítimamente concluir que, así como Cristo, el nuevo Adán, es nuestro Rey no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser nuestro Redentor, así, según una cierta analogía, puede igualmente afirmarse que la Beatísima Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también por haber sido asociada cual nueva Eva al nuevo Adán.
  
Y, aunque es cierto que en sentido estricto, propio y absoluto, tan sólo Jesucristo —Dios y hombre— es Rey, también María, ya como Madre de Cristo Dios, ya como asociada a la obra del Divino Redentor, así en la lucha con los enemigos como en el triunfo logrado sobre todos ellos, participa de la dignidad real de Aquél, siquiera en manera limitada y analógica. De hecho, de esta unión con Cristo Rey se deriva para Ella sublimidad tan espléndida que supera a la excelencia de todas las cosas creadas: de esta misma unión con Cristo nace aquel regio poder con que ella puede dispensar los tesoros del Reino del Divino Redentor; finalmente, en la misma unión con Cristo tiene su origen la inagotable eficacia de su maternal intercesión junto al Hijo y junto al Padre.
  
No hay, por lo tanto, duda alguna de que María Santísima supera en dignidad a todas las criaturas, y que, después de su Hijo, tiene la primacía sobre todas ellas. «Tú finalmente —canta San Sofronio— has superado en mucho a toda criatura... ¿Qué puede existir más sublime que tal alegría, oh Virgen Madre? ¿Qué puede existir más elevado que tal gracia, que Tú sola has recibido por voluntad divina?»[52]. Alabanza, en la que aun va más allá San Germán: «Tu honrosa dignidad te coloca por encima de toda la creación: Tu excelencia te hace superior aun a los mismos ángeles»[53]. Y San Juan Damasceno llega a escribir esta expresión: «Infinita es la diferencia entre los siervos de Dios y su Madre»[54].
  
16. Para ayudarnos a comprender la sublime dignidad que la Madre de Dios ha alcanzado por encima de las criaturas todas, hemos de pensar bien que la Santísima Virgen, ya desde el primer instante de su concepción, fue colmada por abundancia tal de gracias que superó a la gracia de todos los Santos.
  
Por ello —como escribió Nuestro Predecesor Pío IX, de feliz memoria, en su Bula— «Dios inefable ha enriquecido a María con tan gran munificencia con la abundancia de sus dones celestiales, sacados del tesoro de la divinidad, muy por encima de los Ángeles y de todos los Santos, que Ella, completamente inmune de toda mancha de pecado, en toda su belleza y perfección, tuvo tal plenitud de inocencia y de santidad que no se puede pensar otra más grande fuera de Dios y que nadie, sino sólo Dios, jamás llegará a comprender»[55].
  
17. Además, la Bienaventurada Virgen no tan sólo ha tenido, después de Cristo, el supremo grado de la excelencia y de la perfección, sino también una participación de aquel influjo por el que su Hijo y Redentor nuestro se dice justamente que reina en la mente y en la voluntad de los hombres. Si, de hecho, el Verbo opera milagros e infunde la gracia por medio de la humanidad que ha asumido, si se sirve de los sacramentos, y de sus Santos, como de instrumentos para salvar las almas, ¿cómo no servirse del oficio y de la obra de su santísima Madre para distribuirnos los frutos de la Redención?
  
«Con ánimo verdaderamente maternal —así dice el mismo Predecesor Nuestro, Pío IX, de ilustre memoria— al tener en sus manos el negocio de nuestra salvación, Ella se preocupa de todo el género humano, pues está constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y está exaltada sobre los coros todos de los Ángeles y sobre los grados todos de los Santos en el cielo, estando a la diestra de su unigénito Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, con sus maternales súplicas impetra eficacísimamente, obtiene cuanto pide, y no puede no ser escuchada»[56].
  
A este propósito, otro Predecesor Nuestro, de feliz memoria, León XIII, declaró que a la Bienaventurada Virgen María le ha sido concedido un poder «casi inmenso en la distribución de las gracias»[57]; y San Pío X añade que María cumple este oficio suyo «como por derecho materno»[58].
  
18. Gloríense, por lo tanto, todos los cristianos de estar sometidos al imperio de la Virgen Madre de Dios, la cual, a la par que goza de regio poder, arde en amor maternal.
  
Mas, en estas y en otras cuestiones tocantes a la Bienaventurada Virgen, tanto los Teólogos como los predicadores de la divina palabra tengan buen cuidado de evitar ciertas desviaciones, para no caer en un doble error; esto es, guárdense de las opiniones faltas de fundamento y que con expresiones exageradas sobrepasan los límites de la verdad; mas, de otra parte, eviten también cierta excesiva estrechez de mente al considerar esta singular, sublime y —más aún— casi divina dignidad de la Madre de Dios, que el Doctor Angélico nos enseña que se ha de ponderar «en razón del bien infinito, que es Dios»[59].
 
Por lo demás, en este como en otros puntos de la doctrina católica, la «norma próxima y universal de la verdad» es para todos el Magisterio, vivo, que Cristo ha constituido «también para declarar lo que en el depósito de la fe no se contiene sino oscura y como implícitamente»[60].
  
19. De los monumentos de la antigüedad cristiana, de las plegarias de la liturgia, de la innata devoción del pueblo cristiano, de las obras de arte, de todas partes hemos recogido expresiones y acentos, según los cuales la Virgen Madre de Dios sobresale por su dignidad real; y también hemos mostrado cómo las razones, que la Sagrada Teología ha deducido del tesoro de la fe divina, confirman plenamente esta verdad. De tantos testimonios reunidos se forma un concierto, cuyos ecos resuenan en la máxima amplitud, para celebrar la alta excelencia de la dignidad real de la Madre de Dios y de los hombres, que «ha sido exaltada a los reinos celestiales, por encima de los coros angélicos»[61].
   
IV. INSTITUCIÓN DE LA FIESTA
  
20. Y ante Nuestra convicción, luego de maduras y ponderadas reflexiones, de que seguirán grandes ventajas para la Iglesia si esta verdad sólidamente demostrada resplandece más evidente ante todos, como lucerna más brillante en lo alto de su candelabro, con Nuestra Autoridad Apostólica decretamos e instituimos la fiesta de María Reina, que deberá celebrarse cada año en todo el mundo el día 31 de mayo. Y mandamos que en dicho día se renueve la consagración del género humano al Inmaculado Corazón de la bienaventurada Virgen María. En ello, de hecho, está colocada la gran esperanza de que pueda surgir una nueva era tranquilizada por la paz cristiana y por el triunfo de la religión.
 
Procuren, pues, todos acercarse ahora con mayor confianza que antes, todos cuantos recurren al trono de la gracia y de la misericordia de nuestra Reina y Madre, para pedir socorro en la adversidad, luz en las tinieblas, consuelo en el dolor y en el llanto, y, lo que más interesa, procuren liberarse de la esclavitud del pecado, a fin de poder presentar un homenaje insustituible, saturado de encendida devoción filial, al cetro real de tan grande Madre. Sean frecuentados sus templos por las multitudes de los fieles, para en ellos celebrar sus fiestas; en las manos de todos esté la corona del Rosario para reunir juntos, en iglesias, en casas, en hospitales, en cárceles, tanto los grupos pequeños como las grandes asociaciones de fieles, a fin de celebrar sus glorias. En sumo honor sea el nombre de María más dulce que el néctar, más precioso que toda joya; nadie ose pronunciar impías blasfemias, señal de corrompido ánimo, contra este nombre, adornado con tanta majestad y venerable por la gracia maternal; ni siquiera se ose faltar en modo alguno de respeto al mismo. Se empeñen todos en imitar, con vigilante y diligente cuidado, en sus propias costumbres y en su propia alma, las grandes virtudes de la Reina del Cielo y nuestra Madre amantísima. Consecuencia de ello será que los cristianos, al venerar e imitar a tan gran Reina y Madre, se sientan finalmente hermanos, y, huyendo de los odios y de los desenfrenados deseos de riquezas, promuevan el amor social, respeten los derechos de los pobres y amen la paz. Que nadie, por lo tanto, se juzgue hijo de María, digno de ser acogido bajo su poderosísima tutela si no se mostrare, siguiendo el ejemplo de ella, dulce, casto y justo, contribuyendo con amor a la verdadera fraternidad, no dañando ni perjudicando, sino ayudando y consolando.
 
21. En muchos países de la tierra hay personas injustamente perseguidas a causa de su profesión cristiana y privadas de los derechos humanos y divinos de la libertad: para alejar estos males de nada sirven hasta ahora las justificadas peticiones ni las repetidas protestas. A estos hijos inocentes y afligidos vuelva sus ojos de misericordia, que con su luz llevan la serenidad, alejando tormentas y tempestades, la poderosa Señora de las cosas y de los tiempos, que sabe aplacar las violencias con su planta virginal; y que también les conceda el que pronto puedan gozar la debida libertad para la práctica de sus deberes religiosos, de tal suerte que, sirviendo a la causa del Evangelio con trabajo concorde, con egregias virtudes, que brillan ejemplares en medio de las asperezas, contribuyan también a la solidez y a la prosperidad de la patria terrenal.
  
22. Pensamos también que la fiesta instituida por esta Carta encíclica, para que todos más claramente reconozcan y con mayor cuidado honren el clemente y maternal imperio de la Madre de Dios, pueda muy bien contribuir a que se conserve, se consolide y se haga perenne la paz de los pueblos, amenazada casi cada día por acontecimientos llenos de ansiedad. ¿Acaso no es Ella el arco iris puesto por Dios sobre las nubes, cual signo de pacífica alianza?[62]. «Mira al arco, y bendice a quien lo ha hecho; es muy bello en su resplandor; abraza el cielo con su cerco radiante y las Manos del Excelso lo han extendido»[63]. Por lo tanto, todo el que honra a la Señora de los celestiales y de los mortales —y que nadie se crea libre de este tributo de reconocimiento y de amor— la invoque como Reina muy presente, mediadora de la paz; respete y defienda la paz, que no es la injusticia inmune ni la licencia desenfrenada, sino que, por lo contrario, es la concordia bien ordenada bajo el signo y el mandato de la voluntad de Dios: a fomentar y aumentar concordia tal impulsan las maternales exhortaciones y los mandatos de María Virgen.
  
Deseando muy de veras que la Reina y Madre del pueblo cristiano acoja estos Nuestros deseos y que con su paz alegre a los pueblos sacudidos por el odio, y que a todos nosotros nos muestre, después de este destierro, a Jesús que será para siempre nuestra paz y nuestra alegría, a Vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestros fieles, impartimos de corazón la Bendición Apostólica, como auspicio de la ayuda de Dios omnipotente y en testimonio de Nuestro amor.
 
Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de la Maternidad de la Virgen María, el día 11 de octubre de 1954, decimosexto de Nuestro Pontificado. PÍO PAPA XII.
 
NOTAS
[1] Cf. constitución apostólica Munificentíssimus Deus: A.A.S. 32 (1950), 753 ss.
[2] Cf. encíclica Fulgens coróna: A.A.S. 35 (1953) 577 ss.
[3] Cf. A.A.S. 38 (1946) 264 ss.
[4] Cf. Osservatóre Románo, 19 de mayo de 1946.
[5] Luc. 1, 32.
[6] Is. 9, 6.
[7] Apoc. 19, 16.

[8] Cf. Luc. 1, 32-33.
[9] Luc. 1, 43.
[10] San Efrén, Hymni de Beáta María (Thomas Joseph Lamy, editor. Tomo II, Malinas, 1886) himno XIX, p. 624.
[11] Idem, Orátio ad Sanctíssimam Dei Matrem: Ópera ómnia (Giuseppe Simone Assemani, editor. Tomo III [en griego] Roma, 1747, p. 546).
[12] San Gregorio Nazianceno, Poemáta dogmática XVIII v. 58. Patrología Græca 37, 485.
[13] Prudencio, Dittochǽum XXVII. Patrología Latína 60, 102A.
[14] Homiíæ in Sancte Lucam, homilía VII (ed. Max Rauer Origines’ Werke t. IX, 48 [de la “catena” de Macario Crisocéfalo]). Cf. Patrología Græca 13, 1902D.
[15] San Jerónimo, Liber de nomínibus hebrǽis. Patrología Latína 23, 886.
[16] San Pedro Crisólogo, Sermón 142 De Annuntiatióne Beátæ Maríæ Vírginis. Patrología Latína 52, 579C; cf. étiam 582B; 584A: “Regína tótius exstítit castitátis”.
[17] Relátio Epipháni epíscopus Constantinopolitánum. Patrología Latína 63, 498D.
[18] Encómium in Dormitiónem Sanctíssimæ Deíparæ [entre las obras de San Modesto]. Patrología Græca 86, 3306B.
[19] San Andrés de Creta, Homilía II In Dormitiónem Sanctíssimæ Deíparæ. Patrología Græca 97, 1079B.
[20] Id., Homilía III In Dormitiónem Sanctíssimæ Deíparæ. Patrología Græca 97, 1099A.
[21] San Germán de Constantinopla, In Præsentatiónem Sanctíssimæ Deíparæ 1. Patrología Græca 98, 303A.
[22] Id., ibid. 2; Patrología Græca 98, 315C.
[23] San Juan Damasceno, Homilía I In Dormitiónem Beátæ Maríæ Vírginis. Patrología Græca 96, 719A.
[24] Id. De fide orthodóxa 4, 14. Patrología Græca 44, 1158 B.
[25] De láudibus Maríæ (entre las obras de Venancio Fortunato). Patrología Latína 88, 282B-283A.
[26] San Ildefonso de Toledo, De virginitáte perpétua Beátæ Maríæ Vírginis 96, 58 A y D.
[27] San Martín I, Carta 14. Patrología Latína 87, 199-200A.
[28] San Agatón, en Patrología Latína 87, 1221 A.
[29] Jean Hardouin, Acta Conciliórum 4, 234-238. Patrología Latína 89, 508B.
[30] Sixto IV, bula Cum præexcélsa, 28 de febrero de 1476.
[31] Benedicto XIV, bula Gloriósæ Dóminæ, 27 de septiembre de 1748.
[32] San Alfonso María de Ligorio, Le glorie di Maria, parte I, cap. I, §1.
[33] De la Litúrgia Armenórum: en la Fiesta de la Asunción, himno de Maitines.
[34] Del Menǽo (bizantino): Domínica post Natividad, en el Canon, para Maitines.
[35] Himno del oficio Akathistós (en el rito bizantino).
[36] Missále Æthiópicum: Anáfora II de Nuestra Señora Santa María, Madre de Dios.
[37] Breviario Romano: Versículo del sexto Responsorio.
[38] Fiesta de la Asunción, himno de Laudes.
[39] Ibid., al Magníficat de las II Vísperas.
[40] Luc. 1, 32. 33.
[41] Ibid. 1, 43.
[42] San Juan Damasceno De fide orthodóxa 4, 14. Patrología Græca 94, 1158 B.
[43] 1 Pet. 1, 18. 19.
[44] 1 Cor. 6, 20.
[45] Pío XI, encíclica Quas primas: A.A.S. 17 (1925), 599.
[46] Fiesta de los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María, tracto.
[47] Eadmero Cantuariense, De excelléntia Vírginis Maríæ, 11. Patrología Latína 159, 508 A y B.
[48] Francisco Suárez, De mystériis vitæ Christi disp. 22, sect. 2 (ed. Vives 19, 327).
[49] San Ireneo, Advérsus hæréticos 4, 9, 1. Patrología Græca 7, 1175 B.
[50] Pío XI, carta Auspicátus profécto: A.A.S. 25 (1933), 80.
[51] Pío XII, encíclica Mýstici Córporis: A.A.S. 35 (1943), 247.
[52] San Sofronio de Jerusalén, In Annuntiatiónem Beátæ Maríæ Vírginis. Patrología Græca 87, 3238 D. 3242 A.
[53] San Germán de Constantinopla, Homilía II In Dormitiónem Beátæ Maríæ Vírginis. Patrología Græca 98, 354 B.
[54] San Juan Damasceno, Homilía I In Dormitiónem Beátæ Maríæ Vírginis. Patrología Græca 96, 715 A.
[55] Pío IX, bula Ineffábilis Deus. En Acta Pii IX 1, 597-598.
[56] Ibid., 618.
[57] León XIII, encíclica Adjutrícem pópuli: A.S.S. 28 (1895-1896), 130.
[58] San Pío X, encíclica Ad diem illum: A.S.S. 36 (1903-1904), 455.
[59] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica. 1, 25, 6, ad 4.
[60] Pío XII, encíclica Humáni géneris: A.A.S. 42 (1950), 569.
[61] Breviario Romano: Fiesta de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María.
[62] Cf. Gen. 9, 13.
[63] Eccli. 43, 12-13.